El país no está dividido en DOS, sino en TRES. Y no es algo reciente. En el 2016, 65 millones votaron por Hillary Clinton, 62 millones por Trump. Y 100 millones no votaron. Algunos de ellos por irresponsables, por vagos de no inscribirse para votar y por otras causas. Pero la gran mayoría no votó debido a la enorme frustración con el sistema, a que no creen que votando se resuelve nada porque en los últimos 60 o 70 años de administraciones republicanas y demócratas hemos mejorado en algunas cosas, hemos retrocedido en otras, pero el balance general es que hoy estamos peor que hace muchos años, la democracia ha sido secuestrada y la participación de las grandes masas en la riqueza social es cada vez menor.

Ahora, en el 2020, esa división se está manifestando de una forma diferente. También son TRES las grandes divisiones:

los que definitivamente apoyan el conservadurismo social, la oligarquía y los peores valores de la sociedad (trumpistas y buena parte de los republicanos, que apoyan y votarán en Noviembre por Donald Trump);

los que están a favor del progreso, pero no tanto que incomode a los poderosos o que, en su interpretación, se asemeje a las revoluciones marxistas del siglo 19 (una parte de los republicanos “Nunca Trump” y una parte considerable del Partido Demócrata, a quienes se ha dado en llamar los “moderados” o “centristas” que en su gran mayoría apoyan al ex Vicepresidente Joe Biden); y

los que estamos a favor del progreso, de cambios estructurales fundamentales, de regresar a la esencia del “capitalismo moral” que es diametralmente opuesto al “capitalismo salvaje” y que estamos hartos de las llamadas “mejoras incrementales” y los “cambios cosméticos” que a la larga solo logran empeorar las cosas (una parte también importante de actuales miembros del Partido Demócrata, y una parte importante de los 100 millones de frustrados, indecisos y descontentos que no votaron en el 2016 y que hoy se están sumando, aún no en la cantidad necesaria, pero igualmente considerable, al movimiento progresista detrás de Bernie Sanders).

Esa división no la ha creado Bernie, mucho menos Biden y ni siquiera, Trump. Así está la sociedad, y no sería responsable simplemente trazar una división entre “buenos” y “malos“, sea cual sea la posición desde que los mires, porque no es así. Aunque en diferentes proporciones, en los tres grupos hay personas decentes, hay personas convencidas de la validez de su posición, hay quienes se dejan llevar por la corriente o por el lavado de cerebro, y hay fanáticos, cultistas, oportunistas y aprovechados. EN LOS TRES GRUPOS.

Más acertado, aún con lo inexacto de cualquier clasificación, sería decir que estamos divididos por la forma en que vivimos:

los que VIVEN MUY BIEN y no sólo son muy hábiles defendiendo lo que han conseguido sino que han creado un ejército de pobres y clase media para que lo defiendan por ellos;

los que quieren MEJORAS, pero NO VIVEN MAL o sienten que no viven tan mal y pueden darse el lujo de esperar y de confiar aún en los métodos graduales y tradicionales, quienes con su mente miran hacia adelante, pero con sus acciones y su apoyo al status quo favorecen, -consciente o involuntariamente- a la oligarquía; y

los que VIVEN MUY MAL y cada vez PEOR, que ya no aguantan más, que están hartos, desesperados y dispuestos a echar la pelea, cualquier pelea, por lograr cambios reales, y los que les apoyamos en el empeño de ponernos de una vez y por todas en el camino del progreso social, sin utopías marxistas, pero con pasos firmes hacia algo similar a lo que otras sociedades capitalistas han logrado y/o están experimentando.

El problema en un país como Estados Unidos es que esas tres fuerzas, esas tres divisiones, son enormes. Y en cada una se agrupan muchos millones de personas. Las votaciones no siempre reflejan el sentir de la mayoría, pero sí de la mayoría que participa en el juego democrático (obviando el obsoleto Colegio Electoral y el igualmente obsoleto sistema de caucus y super delegados de los demócratas).

Y uno de esos tres grandes grupos compuesto por millones va a ganar el 3 de Noviembre, y la persona que cada uno de esos tres enormes grupos hoy consideran su líder: Trump, Biden o Sanders, va a gobernar este país por 4 años más y va a conducir el país por el derrotero que representa los intereses de sus partidarios.

El otro gran problema es que producto de muchos factores históricos y actuales internos, e incluso de influencias externas, hemos llegado a un extremo donde ninguno de esos tres grupos está negociando con los otros dos, sino que estamos rotunda y diametralmente enfrentados, aunque algunos no lo quieran ver así y todavía hablen de una “unidad” que no existe. Ni va a existir.

Lo que sí, de una forma u otra vamos a tener que lograr es un “compromiso social“, que en un momento pareció fácil pues todo lo quisimos reducir a Trumpistas vs Anti-Trump, pero ya no es así. Al tener dos figuras tan diferentes y dos mentalidades tan diferentes tratando de motivar a las dos divisiones contrarias al trumpismo, se hace difícil lograr el compromiso social ya no tan necesario, sino casi imprescindible.

Y ahí entra a funcionar no sólo la razón, sino la naturaleza humana reflejada en “lo mío primero” y “yo soy quien tengo la razón“. En esas andamos “moderados” y “progresistas” (a falta de una denominación más adecuada), unos matándose por Biden y convocando a la “unidad“, pero por supuesto, siempre que sea detrás de Biden.

Y otros matándonos por Bernie y también convocando a la “unidad“, por supuesto, detrás de Bernie. Estamos entonces enfrascados en una lucha encarnizada, donde todos nos ofendemos cuando despachurran de nuestro candidato, pero luego hacemos todo lo posible por despachurrar del otro, de manera directa o encubriéndolo indirecta o subliminalmente, para quedar bien con nuestra conciencia y/o hacernos pasar por más “decentes” que el otro bando. Si das un seguimiento a las publicaciones verás cuan extremadamente “comprometidos” o incluso “fanatizados” estamos casi todos con el candidato de nuestra preferencia y en los ataques al otro, sólo que unos son más hábiles en ocultarlo, y algunos decidimos no ocultar absolutamente nada.

No tengo idea de cuál es la solución a todo esto. Seguramente es cediendo un poco de cada lado y tratando de encontrar más puntos en común…, pero con los ánimos caldeados, las ofensas comunes y los intereses tan opuestos o generando la percepción de ser tan opuestos, de verdad no veo la forma de “ponerle el cascabel al gato”. De lo que sí estoy seguro es que el PRIMER PASO es RECONOCER esta situación tal y como está, sin ponerle maquillajes, sin cortapisas, sin ocultar la cara fea de la luna. Y sobre todo si reconocemos que de esta manera es casi seguro que vamos a perder contra Trump.

Si logramos reconocer todo esto, entonces podemos comenzar en serio a RESPETARNOS, empezando por las jerarquías al frente de cada una de las dos divisiones anti-Trump, y terminando por el más humilde y modesto participante. No será fácil. La división es profunda. Los intereses en juego son muy grandes. En ambas divisiones las pasiones se va muy por encima de las razones y todos aseguramos tener la razón en un círculo vicioso que termina y comienza en un nudo gordiano que nadie sabe cómo desatar y que quizás ni el mismo Alejandro Magno pueda cortar con su poderosa espada.

Quizás y sólo quizás, primero la tormenta tenga que empeorar antes de que mejore y sólo la enorme crisis del movimiento demócrata, liberal, progresista o como cada quien quiera auto denominarse, conlleve al pacto social imprescindible para ganar y avanzar. QUIZÁS. Solo quizás. Ojalá. De verdad, OJALÁ.

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