Cada vez que entablo una divertida y amable polémica con alguno de los muy fanatizados defensores de las armas y/o del obsoleto Colegio Electoral de Estados Unidos, me aplastan con una prueba “irrebatible“, con algo aparentemente más fuerte que “la palabra de Dios“, con un argumento sólo comparable a la creación del Universo: “eso fué establecido por los Padres Fundadores y punto“.

Y, por supuesto, no me queda otro remedio que lanzarme al precipicio de la humillación, avergonzado por mi ignorancia y castrado verbalmente (o quizás no exclusivamente) por mi horrenda falta de respeto. ¿Cómo se me ocurre cuestionarme algo concebido por los Fundadores de esta gran nación? Sólo un microbio de la peor especie se atrevería a cuestionar una de esas verdades “absolutas“, “divinas“, “fundamentales“, que están por encima de la lógica, de la historia, del tiempo, de la evolución… del bien y del mal.

Y cada vez que eso me sucede, recuerdo la bella y exhuberante Isla donde nací y el fabuloso país donde estudié, pues resulta que en Rusia también intentaban humillarme y castrarme de esa manera, cuando mi obstinada insistencia en cuestionar todo me hacía traspasar ciertos límites y entonces venía la aplastante máxima irrebatible: “Pues eso lo dijeron Marx y/o Engels y/o Lenin“, a quienes también se les denominaba como los “clásicos” o los “fundadores” (osnovátieli).

Y con ese mismo aire de suficiencia alguien en mi Cuba querida me espetaba: “Pues eso lo dijo Martí“, después de lo cual, a similitud de mi también adorada Rusia, decir algo que contradijera lo citado por el eminente papagayo de turno, era ser un “revisionista“, un “teórico de pacotilla“, un “desviado ideológico” o un romántico candidato a ser expulsado del Olimpo, o de todos los Olimpos al mismo tiempo.

Entonces ahí tienen, mis queridos amigos y amigas la primera parte de la respuesta a la pregunta que me sirvió de título: si fué dicho, hecho, aprobado o propuesto por los Padres Fundadores, los Clásicos del Marxismo-Leninismo o nuestro muy querido José Martí, pues ya no es terreno fértil para aplicar las leyes de la lógica, porque ya se convierte en ley por sí mismo, sin importar cuánto hayan cambiado las condiciones.

Pero las similitudes no terminan ahí. Recuerdo el trabajo que pasé cuando escribí mi Tesis de Doctorado sobre un tema muy actual en aquel momento (década de los 80 del siglo XX) y en el primer capítulo estaba “obligado” a fundamentar mi posterior análisis y conclusiones con los “planteamientos de los clásicos” y, para rematar la aberración, mi tutor (un respetado científico al que recuerdo con mucho cariño) me dijo que siendo yo cubano, pues debía incluir al menos un par de citas de José Martí, las cuales casi tuve que inventar o adaptar, pues no había manera que en su época, el inigualable Martí se hubiese referido a lo que yo humildemente intentaba proclamar.

…Pero tonto yo que pensaba que eso era un atributo exclusivo ruso-caribeño: hace poco un académico estadounidense me confesaba que algo similar pasa en las universidades norteamericanas cuando alguien enfoca sus tesis en temas constitucionales: no queda más remedio que echar mano de los Padres Fundadores, aunque tu tesis sea acerca de las regulaciones para Internet y las Redes Sociales o sobre las lagunas legales que tenemos que rellenar ante la casi inminente avalancha de los automóviles sin chofer.

Y para no abusar demasiado de vuestro tiempo, ahí les va la tercera similitud: el desconocimiento casi generalizado que tenemos de todos ellos, expuesto elocuente y fundamentalmente por la mayoría de aquellos que invocan irresponsablemente su nombre.

Como en el pasado hice con algunos de los supuestos adoradores y auto nombrados guardianes del legado de los clásicos (a quienes por profesión y curiosidad me correspondió estudiar hasta el detalle) o de la herencia patriótico-cultural y universal de nuestro gran José Martí (de quien no me considero un experto, pero sí un estudioso) también he disfrutado retando a mis interlocutores en Estados Unidos respecto a esos Fundadores en que tanto se escudan.

¿Y saben qué? La gran mayoría ni siquiera sabe quiénes son considerados Padres Fundadores. Los más adelantaditos te mencionan a Washington (quizás por el nombre de la capital) o a Thomas Jefferson y Benjamin Franklin, mientras que muy pocos adicionan a Alexander Hamilton y James Madison; pero de John Jay ni la sombra y de John Adams o Samuel Adams, ni hablar, a menos que sean amantes de la aclamada cerveza.

Pero eso no les limita a defender con su magnánimo argumento la libertad de portar armas de asalto, basados en una Enmienda que los Fundadores concibieron hace más de 200 años para impedir los abusos de un incipiente gobierno federal en condiciones que nada tienen que ver con las de hoy, y menos con supremacistas llenos de odio que se arman hasta los dientes y usan rifles de asalto que disparan cientos de balas por minutos contra personas inocentes.

Y tampoco les impide seguir aferrándose a un Colegio Electoral que fue la resultante de un compromiso con aquellos que no creían en la capacidad del pueblo para elegir sabiamente un gobernante, en una época en que la información tardaba días o semanas en llegar de un punto a otro de la Unión Americana, “ligeramente” diferente al mundo de hoy donde las noticias demoran escasos segundos en expandirse por el mundo entero y un niño de 12 años maneja 10 veces más información que los más encumbrados políticos o científicos de aquella época.

La conclusión final podría ser que la política, las leyes e incluso las sagradas Constituciones de los países deben ser adaptadas a los cambios fundamentales / esenciales de los nuevos tiempos sin absolutizar lo que alguien haya hecho o dicho siglos atrás. Estudiar y aplicar las enseñanzas de los grandes hombres que nos precedieron se vale como punto de partida y método, no como herramienta para encarcelar el libre pensamiento, la más elemental lógica humana y el desarrollo social.

O quizás la verdadera conclusión aquí podría ser que la estupidez humana no es prerrogativa exclusiva de ninguna nación o conglomerado humano… Tú decides.

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