Dictadores y dictaduras, gobiernos totalitarios, imperios autocráticos y plutocracias -tan soberbias como adineradas- han existido por siglos y existen en el mundo de hoy. Son diversas en su forma de manifestarse y en su denominación de origen, pero todas tienen en común DOS COSAS:

PRIMERO: el poder se acumula en manos de unos pocos, que mueven resortes de todo tipo para subyugar a las mayorías. Eso ocurrió en Egipto y en la antigua Grecia, en la extinta Unión Soviética y en Cuba, en la Rusia actual y en la caricatura de administración encabezada por Trump, parte sustentada por lo peor de Wall Street y parte por los supremacistas blancos aterrados por un cambio demográfico inminente, que les impedirá seguir siendo mayoría racial en Estados Unidos.

SEGUNDO: todas comparten los mismos temores: el despertar de las mayorías, el florecimiento de la diversidad de opinión, el multiculturalismo, la libertad de prensa y la verdad, entre algunas otras cosas. E increíblemente, todas tienen terror al intercambio abierto, a que les “tiendan la mano“, a las aperturas unilaterales de sus enemigos, a la bondad, al abrazo. Todas sienten un inmenso terror ante el AMOR, porque están basadas, alimentadas y manejadas por el ODIO.

Las dictaduras siempre necesitan un ENEMIGO público (quizás dos) y mientras más grandes y poderosos, mejor. Para Hitler fueron los judíos y la Unión Soviética; para Castro el imperialismo yanqui, para Trump los medios de noticias falsas (o sea, todos lo que publiquen la verdad y no halaguen su ego, en lo que se parece a muchos otros dictatorzuelos del Tercer Mundo).

Para los totalitarios de Miami, pues el Castrismo en la Isla, y por acá, pues las “ciberclarias“, los “comunistas“, los “miembros del G2“, los músicos cuyo trabajo es entretener, no hacer política, y mi mamá de 87 años que no ha tenido el valor de poner su pecho a las bayonetas, mientras sus porristas  de este lado del charco se atiborran de croquetas y cafecito cubano.

El PROBLEMA COMIENZA cuando el enemigo deja de ser “taaaan enemigo“. Cuando te quita las excusas. Cuando te tiende la mano. Cuando alguien trata de complementar la famosa frase de Juan Pablo II acerca de que “Cuba se abra al mundo y que el mundo se abra a Cuba“, con otra frase, no tan famosa, pero igual de necesaria, acerca de que “los cubanos que vivimos fuera nos abramos a Cuba y que Cuba se abra a los cubanos que vivimos fuera“.

Nada, nada, NADA. Ni las balas ni los motines son tan temidos por los dictadores como el diálogo, la apertura, los puentes.

Es relativamente fácil enfrentar a un enemigo que te lanza flechas, pero muy difícil enfrentar a uno que te lanza flores.

Obama no fue ni es perfecto, pero entendió que el cambio en Cuba no vendría de la “línea dura” que ha fracasado ya por 60 años, ni por presiones que acorralen contra la pared a un tigre herido y orgulloso al que sólo quedaría responder con zarpazos, sino a través de construir nuevas relaciones entre “noventamilleros” vecinos, de eliminar un criminal bloqueo que cumple una doble función: mantener al pueblo sumido en más penurias de las que ya le “corresponden” por ser un país tercermundista, y darle una justificación al regimen para todas y cada una de sus ineficientes políticas.

No nos desgastemos en hipocresías que ofenden la inteligencia de quienes nos escuchan: queremos lo mejor para el cubano de a pie (al menos lo que razonable o egoístamente pensamos que es lo mejor) y también queremos un cambio en la Isla. Ya la fuerza la probamos, las amenazas, los bloqueos, los embargos y la desidia. Recordemos a Mandela y demos una oportunidad a la UNIÓN y al AMOR. Recordemos a Ghandi y entendamos que no hay cañones tan fuertes como los de la desobediencia civil no violenta.

A eso, a todo eso, es lo que más temen los mercaderes del odio y los usurpadores de la individualidad del ser humano. En todos los lados, de todos los charcos.